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DESAFÍO HIPOACUSIA

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Red de Consejeros

Historia de Consejero: Soy Miguel, mis problemas auditivos empezaron a los 16 años, en 2026 decidí ponerme un implante coclear

Miguel Marinovic
28/10/2026

¿Cómo descubriste tu pérdida auditiva?

Tenía dieciséis años. Fue durante la Nochebuena. No comenzó con la audición, sino con vértigo. Me mareé y tuve que encuclillarme por temor a caer. El diagnóstico llegaría dos meses más tarde, cuando finalizaron mis vacaciones de verano. Tuve más episodios vertiginosos en el transcurso y, a la vuelta a clases, no fue la excepción.

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Me trasladaron a la clínica a ver a un gastroenterólogo (producto de los mareos vomitaba mucho). Al verme llegar, apoyado en la pared por instinto, supo que algo no cuadraba. Para cerciorarse, paseó su dedo frente a mis ojos, los que saltaban con el movimiento. En ese instante supo que se trataba de un problema auditivo.

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Pasé la noche en observación. Por la mañana, un otorrino me realizó una audiometría. Mi oído izquierdo estaba perfecto, no así el derecho, en el cual marqué entre sesenta y setenta decibeles. El diagnóstico, inmediato y certero, fue enfermedad de Meniere, condición que me acompañará para toda la vida.

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Fue en ese momento cuando tomé conciencia de mis dificultades para oír, las cuales me acompañaron durante el verano que había pasado. Hacía un esfuerzo enorme para entender lo que otros me decían y a ratos se aparecía un silbido molesto en mi oído (tinnitus).

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En un principio, no dimensioné del todo lo que tener enfermedad de Meniere significaría. Con buena medicación, mi audición mejoró y las crisis vertiginosas se redujeron a una cada tres años. Mi oído izquierdo funcionaba de maravilla, lo que me bastó para terminar el colegio e ingresar a la universidad sin ninguna clase de apoyo.

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El 2016, sin embargo, todo cambió. Me encontraba en un cumpleaños cuando mi fiel compañero, el tinnitus, asomó una vez más, salvo que lo hizo por el oído izquierdo. Al hacerme una audiometría el día siguiente, mi oído cayó a los treinta decibeles.

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Frustrado, con mi familia visitamos a varios médicos en busca de una explicación y, más importante aún, una solución. Un doctor recomendó probar con inyecciones de corticoides intratimpánicas en el oído izquierdo. Para no creer, dio resultado. Mi audición se recuperó y los mareos disminuyeron. Empero, no se trató de una solución definitiva. A un ritmo más lento, mi audición siguió disminuyendo.

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El siguiente gran hito fue durante la pandemia. Sumado al estrés del fin del mundo, estaba la prevención que incluía el uso de mascarillas. No le veía las bocas a la gente y me costaba muchísimo comunicarme. Fue cuando me di cuenta de que con mis oídos no bastaba para integrarme y que necesitaba apoyo. Empecé a usar audífonos, justo a tiempo para mudarme al extranjero a cursar un posgrado en periodismo.

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Gracias a mis audífonos, terminé mis estudios y trabajé un año en Irlanda, en un idioma que dominaba pese a mis dificultades auditivas. Todo iba bien, o eso creía. Mi audición en el oído izquierdo se mantuvo inestable hasta que, cuatro años más tarde, perdí la capacidad de discriminar lo que escuchaba. Aquel fue el golpe definitivo. Escuchaba únicamente por el oído derecho, con el que realizaba un esfuerzo enorme y al final del día acababa agotado y sin enterarme de la mitad de lo que quería.

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Mis doctores me hablaban del implante coclear, pero me asustaba la idea, además de que no me entusiasmaba tener cables colgando de mi oreja y que todos supieran que soy sordo. Sin embargo, era la mejor alternativa y, después de operarme, puedo decir que les doy la razón.

¿Cómo fue el proceso para decidir el implante?

Mi proceso comenzó el año 2025. Me contrataron para trabajar en una empresa mediana del rubro de gestión de personas. Les comenté durante las entrevistas que tenía hipoacusia, lo cual no representaba un impedimento para realizar mis labores, salvo por las reuniones en ambientes muy bulliciosos. Eso creía, al menos. Empecé con un contrato de prueba por tres meses. Fueron muy considerados y se preocuparon mucho por mí, pero la realidad fue que no era capaz de seguir instrucciones sin importar cuántas veces pidiera que me lo repitieran. Las oficinas estaban en un co-work, lo que hacía todo imposible para mí.

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Acabado mi contrato, acordamos que lo mejor era no renovar y que, a partir de enero del 2026, tendría que centrarme en mi salud.

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Visité a varios médicos y coincidieron en el implante coclear. Yo, sin embargo, no me sentía entusiasmado con la idea. Todo cambió cuando decidí investigar y hablar con gente como yo, que padecían de enfermedades que les provocaron sordera y que decidieron implantarse. Estaban todos absolutamente de acuerdo en que fue la mejor decisión y que les cambió la vida.

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Con la decisión tomada y sabiendo que la ley Ricarte Soto financiaría el aparato, tenía que decidir qué equipo médico me operaría. No se trataba solamente de un otorrino, sino también de tecnólogos para evaluar el desempeño del implante y de una fonoaudióloga para acompañarme en el maravilloso y arduo proceso de volver a escuchar.

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Tomada la decisión, reservamos pabellón para una de las esperas más largas que me ha tocado vivir, pero que, por donde se le mire, valió la pena.

¿Qué sentías antes de la cirugía?

Antes de la cirugía estaba muy nervioso, no tanto por el desenlace que fuera a tener, sino por lo que significaría vivir el resto de mi vida con un implante coclear. Fue una cuenta regresiva. La gente me decía que hiciera listas de cosas que deseaba volver a oír, o que confiara en que todo saldría para bien.

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Lo cierto es que la espera comenzó mucho antes de la fecha de la cirugía misma. Sabía que mi vida cambiaría, pero no tenía claro cómo. Estaba entregado a lo que tuviera que ocurrir. Afortunadamente, tuve el mejor desenlace.

¿Cómo fue la activación?

Luego de dos semanas, llegó el día de la activación. Estaba tranquilo. La cirugía había pasado, así que nada más quedó reposar y esperar. No estaba especialmente nervioso ni entusiasmado. Era más bien curiosidad lo que sentía. Me hablaron muchas veces de que escucharía en un comienzo como un robot. ¿Cómo escuchan los robots? Era lo que estaba por descubrir. Las voces me parecieron metálicas y rasposas, pero conservé la calma. Sabía que con el tiempo me parecerían normales.

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Al subir al auto, en el puesto del copiloto, me confundí con el sonido de un tic-tic. ¿Acaso está fallando el implante?, pensé. ¡Envía una alerta! ¡No! Era el señalizador del auto, que pedía permiso para virar. No lo podía creer.

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Eso sí, estaba nervioso cuidando el procesador. Con la piel hinchada, se me caía con cada lomo de toro y tenía que ser especialmente cuidadoso en el baño para que no acabara mojado por un descuido. Con el tiempo me fui relajando e incorporándolo a mi vida.

¿Qué ha cambiado en tu vida?

Lo más impresionante ha sido volver a integrarme a espacios ruidosos donde mi presencia silenciosa era mi única opción para estar presente. No soy el alma de la fiesta, pero ahora puedo compartir con mi familia y amistades y seguir sus debates de poca monta, todo sin acabar exhausto por el esfuerzo que implica prestar atención a cada detalle a la velocidad del sonido (tanto con los oídos como con la vista).

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Juego con mis sobrinos de menos de cuatro años y entiendo lo que me dicen. Me gritan desde el primer piso al segundo y respondo de vuelta. Son detalles que la mayoría de las personas no aprecian y que yo he vuelto a experimentar.

¿Hay algún tema del que te gustaría conversar especialmente con futuros usuarios?

Quisiera ayudarlos a tomar su decisión compartiendo la mía. Me interesa principalmente disipar dudas en torno a cómo cambia la vida para uno y para la familia de quien se implanta y vuelve a escuchar.

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Miguel Marinovic

Consejero de Fundación Desafío Hipoacusia. Escritor. Usuario de implante coclear

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